miércoles, 4 de noviembre de 2026

¿Y después de PISA, qué?

 Después de PISA, volvamos a mirar nuestras aulas: los grandes desafíos para enseñar y aprender mejor

Los resultados de las evaluaciones internacionales, en este caso PISA, no deberían alimentar una búsqueda de culpables, sino impulsar una reflexión colectiva sobre qué estamos haciendo, qué hemos dejado de hacer y qué necesitamos recuperar para que nuestros alumnos aprendan más y mejor. En estos meses es tarea de los claustros, dedicar un tiempo a la reflexión del profesorado, si no lo hemos hecho ya.

PISA no evalúa memorizar contenidos. Evalúa la capacidad de comprender, razonar, interpretar información y aplicar conocimientos a situaciones reales. Por eso, más allá de las puntuaciones, lo verdaderamente relevante es preguntarnos qué decisiones pedagógicas y organizativas podemos tomar para afrontar esos desafíos más allá de las cifras concretas.



Os propongo seis desafíos a la luz del informe de PISA:

1. Recuperar el placer de leer para recuperar la capacidad de comprender

La lectura es mucho más que una competencia lingüística. Es una herramienta para aprender, comprender el mundo, desarrollar el pensamiento crítico y construir conocimiento.  Si existe una competencia que actúa como puerta de entrada al resto de aprendizajes, esa es la comprensión lectora. Un alumno que comprende bien lo que lee tiene más posibilidades de éxito en Matemáticas, Ciencias o cualquier otra materia.

Sin embargo, estamos asistiendo a una transformación radical de los hábitos lectores. Muchos estudiantes consumen diariamente enormes cantidades de información, pero lo hacen mediante textos breves, vídeos cortos, mensajes fragmentados y contenidos diseñados para captar la atención durante pocos segundos.

La escuela se enfrenta así a una paradoja. Nuestros alumnos leen más que nunca en términos cuantitativos, pero probablemente practican menos la lectura profunda y sostenida.

Necesitamos volver a dar a la lectura un lugar protagonista en nuestros centros educativos. Y esto no significa únicamente aumentar las actividades de animación lectora o dedicar unos minutos a leer en determinadas asignaturas. Significa construir una verdadera cultura lectora: tener oportunidades reales para enfrentarse a textos complejos, interpretar diferentes niveles de significado, debatir sobre lo leído y construir pensamiento a partir de la lectura.

 

Fomentar la lectura hoy no consiste únicamente en abrir un libro. Significa recuperar espacios para la comprensión, la reflexión y el pensamiento pausado en una sociedad que premia la inmediatez.

Para conseguirlo, deberíamos trabajar en varias direcciones:

·       Leer todos los días. La lectura necesita continuidad. No puede depender exclusivamente de la asignatura de Lengua ni quedar relegada a actividades puntuales. Todas las áreas tienen textos que comprender, interpretar y analizar.

·       Leer textos completos y variados. Debemos ofrecer novelas, relatos, artículos científicos, ensayos, noticias, biografías y textos divulgativos. Los alumnos necesitan enfrentarse a diferentes estructuras, vocabularios y formas de expresión.

 

2. Entrenar la atención prolongada: aprender a permanecer, escuchar y profundizar

Otro de los grandes desafíos educativos es la atención. No podemos pedir a nuestros alumnos que comprendan textos complejos, resuelvan problemas o desarrollen investigaciones si no somos capaces de ayudarles a mantener la concentración durante un tiempo suficiente.

Numerosos docentes percibimos que muchos estudiantes encuentran dificultades para sostener el esfuerzo cognitivo cuando una tarea exige concentración, revisión de errores o perseverancia.

La atención no es únicamente una capacidad innata. También puede entrenarse.

Quizá en los colegios debemos plantearnos con más frecuencia actividades que requieran:

  • Leer textos extensos.
  • Resolver problemas complejos sin respuesta inmediata.
  • Escuchar explicaciones durante periodos crecientes de tiempo.
  • Realizar proyectos que necesiten varios días o semanas de trabajo.
  • Revisar y mejorar producciones antes de considerarlas terminadas.
  • Esto implica introducir progresivamente momentos de trabajo sostenido, lectura silenciosa, resolución individual de tareas, escritura reflexiva, experimentación y análisis. Actividades que exijan permanecer, probar, equivocarse, revisar y llegar a una conclusión.
  • También debemos enseñar a gestionar las distracciones. Explicar a los alumnos por qué necesitan concentrarse, ayudarles a reconocer cuándo pierden la atención y proporcionarles estrategias para recuperarla forma parte de nuestra responsabilidad educativa.

En ocasiones, hemos confundido motivación con entretenimiento. Aprender puede y debe resultar interesante, pero no siempre será divertido. Existen aprendizajes valiosos que requieren esfuerzo, paciencia y disciplina.

Preparar a los alumnos para gestionar esa incomodidad también forma parte de nuestra responsabilidad educativa.

 

3. La curiosidad científica: que las ciencias vuelvan a comenzar con una pregunta

Uno de los mensajes más esperanzadores que suelen aparecer en las evaluaciones internacionales es que muchos estudiantes muestran interés por comprender el mundo que les rodea. La curiosidad constituye el auténtico motor de la ciencia. Sin ella resulta difícil formular preguntas, generar hipótesis o buscar explicaciones.

La ciencia nace de la curiosidad. Antes de una respuesta hay una pregunta; antes de una teoría, una observación; antes de un descubrimiento, alguien que se atreve a cuestionar lo que aparentemente conoce.

Sin embargo, con frecuencia la enseñanza de las ciencias sigue centrada en la transmisión de respuestas antes que en la formulación de preguntas.

Quizá debamos dedicar más tiempo a:

  • Observar fenómenos de su entorno.

·       Diseñar pequeñas investigaciones: plantear hipótesis, experimentar, contrastar resultados y aceptar que una explicación puede necesitar ser revisada.

  • Debatir evidencias.
  • Cometer errores y analizar por qué ocurren.
  • Relacionar los contenidos científicos con la vida cotidiana.

Los alumnos son curiosos por naturaleza. El reto consiste en evitar que esa curiosidad desaparezca a medida que avanzan por el sistema educativo. Un aula en la que se hacen preguntas es un aula intelectualmente viva. Un alumno que aprende a cuestionar, buscar evidencias y contrastar explicaciones está desarrollando competencias que van mucho más allá de la asignatura de Ciencias.

 

4. Las matemáticas deben girar alrededor de los problemas y su resolución

Quizá uno de los cambios más importantes que necesitamos impulsar en la enseñanza de las matemáticas sea recuperar su sentido práctico e intelectual: las matemáticas sirven para comprender situaciones, interpretar la realidad, establecer relaciones y resolver problemas.

Durante demasiado tiempo, en determinados contextos, hemos identificado aprender matemáticas con memorizar fórmulas, dominar algoritmos y resolver ejercicios de aplicación directa. Todo ello tiene su importancia. Los procedimientos, el cálculo y el conocimiento de conceptos básicos son imprescindibles. Pero no son suficientes.

Por ello, uno de los grandes desafíos actuales pasa por situar la resolución de problemas en el centro del aprendizaje matemático. Esto supone plantear situaciones que obliguen a interpretar información, identificar qué se pregunta, seleccionar los datos relevantes, decidir qué estrategia utilizar, realizar los cálculos necesarios y comprobar si la solución tiene sentido.

Esto implica:

  • Trabajar problemas reales y contextualizados.
  • Favorecer diferentes estrategias de resolución.
  • Explicar el razonamiento seguido.
  • Argumentar el proceso para llegar a las diferentes soluciones.
  • Aprender tanto de los aciertos como de los errores.

Y, sobre todo, debemos ayudarles a perder el miedo a enfrentarse a problemas que no saben resolver inmediatamente. La resolución de problemas requiere tiempo, perseverancia y tolerancia a la incertidumbre. Justamente por eso es tan educativa.

En demasiadas ocasiones los alumnos buscan la respuesta antes de comprender el problema. Debemos ayudarles a desarrollar hábitos de pensamiento matemático que prioricen la comprensión, el análisis y la estrategia.

Las matemáticas no son una colección de algoritmos. Son una forma de pensar.

 

5. Recuperar la cultura del esfuerzo: aprender también significa perseverar

Hay una idea que conviene reivindicar los colegios: aprender no siempre es fácil, ni inmediato, ni agradable en todos sus momentos.

En educación hemos de procurar que los alumnos disfruten aprendiendo, pero no podemos confundir disfrutar con no encontrar dificultades. Hay aprendizajes que requieren repetir, practicar, memorizar, revisar y dedicar muchas horas. Leer un texto complejo, dominar una lengua, comprender una demostración matemática o redactar un buen trabajo exige esfuerzo.

Necesitamos recuperar una cultura del esfuerzo vinculada a la superación personal, la constancia, la responsabilidad y la satisfacción de comprobar que somos capaces de hacer algo que antes nos resultaba difícil.

Para ello, los docentes tenemos que aprender a equilibrar dos principios que no son contradictorios: acompañar y exigir.

Acompañar significa conocer a cada alumno, detectar sus dificultades, ofrecer apoyos y proporcionar oportunidades para mejorar. Exigir significa establecer objetivos ambiciosos y realistas, transmitir confianza en sus posibilidades y no renunciar al aprendizaje de calidad.

No podemos rebajar permanentemente los desafíos para evitar que nuestros alumnos se frustren. Tampoco podemos abandonarles ante dificultades que no saben gestionar. Tenemos que enseñarles a enfrentarse a ellas.

Y aquí la evaluación desempeña un papel fundamental. Necesitamos que sirva para mejorar, que proporcione información útil, que permita corregir errores y que ayude a los estudiantes a reconocer sus progresos. La nota final no puede ser la única conversación que mantenemos con ellos sobre su aprendizaje.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a la gratificación inmediata. Precisamente por eso, la educación tiene la responsabilidad de enseñar que los objetivos importantes suelen requerir tiempo y dedicación.

No se trata de exigir más tareas, sino de ayudar a construir hábitos de esfuerzo sostenido.

 

6. La inteligencia artificial: una oportunidad para personalizar el aprendizaje sin renunciar al pensamiento crítico

Pocas innovaciones han irrumpido con tanta rapidez en la educación como la inteligencia artificial. En los centros educativos la observamos con preocupación y con entusiasmo; a partes iguales. Probablemente ambas posturas contienen parte de razón. La cuestión no es si nuestros alumnos van a utilizarla, sino si vamos a enseñarles a utilizarla bien.

La IA puede convertirse en una herramienta extraordinaria para mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje.  Bien empleada, puede ayudarnos a:

  • Personalizar actividades
  • Preparar materiales adaptados a diferentes niveles y ritmos de aprendizaje.
  • Generar explicaciones alternativas.
  • Proporcionar retroalimentación inmediata.
  • Liberar tiempo docente para tareas de mayor valor pedagógico.

Pero debemos mantener una idea muy clara: la IA puede ayudarnos a enseñar y aprender, pero no puede sustituir la responsabilidad de enseñar ni el esfuerzo intelectual de aprender.

Por eso, necesitamos educar también en el uso crítico y ético de estas herramientas. Nuestros alumnos deben aprender a formular buenas preguntas, contrastar las respuestas, comprobar las fuentes, identificar errores, reconocer sesgos, proteger sus datos personales y distinguir entre una información plausible y una información verdadera.

 


Una mirada hacia el futuro

Quizá la principal enseñanza que podemos extraer de PISA, es preguntarnos si estamos desarrollando las competencias que necesitarán nuestros alumnos para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y cambiante.

Lectura profunda. Atención sostenida. Curiosidad científica. Razonamiento matemático. Cultura del esfuerzo. Uso crítico de la inteligencia artificial. Estos son algunos de los desafíos que aparecen detrás de cualquier evaluación educativa y que trascienden las cifras concretas del informe.

Los docentes y equipos directivos no tenemos el poder de transformar por completo las condiciones sociales, económicas o culturales que influyen en el aprendizaje. Pero sí tenemos una enorme capacidad para generar cambios dentro de nuestras aulas y centros.

Tal vez esa sea la reflexión más valiosa que nos deja PISA: no preguntarnos únicamente qué resultados obtenemos, sino qué ciudadanos estamos ayudando a construir.

Porque, al final, educar no consiste en mejorar una posición en un ranking. Consiste en preparar a nuestros alumnos para comprender el mundo, participar en él y contribuir a hacerlo mejor. No necesitamos alumnos que hagan más cosas, sino alumnos que aprendan a hacer mejor las cosas importantes.

Carlos Pellitero Montes

Jefe de estudios CODEMA Gijón

Área Pedagógica del Equipo de Titularidad de Colegios Claretianos de Santiago