Después de PISA, volvamos a mirar nuestras aulas: los grandes desafíos para enseñar y aprender mejor
Los resultados de las evaluaciones internacionales, en este
caso PISA, no deberían alimentar una búsqueda de culpables, sino impulsar una
reflexión colectiva sobre qué estamos haciendo, qué hemos dejado de hacer y qué
necesitamos recuperar para que nuestros alumnos aprendan más y mejor. En estos
meses es tarea de los claustros, dedicar un tiempo a la reflexión del
profesorado, si no lo hemos hecho ya.
PISA no evalúa memorizar contenidos. Evalúa la capacidad de
comprender, razonar, interpretar información y aplicar conocimientos a
situaciones reales. Por eso, más allá de las puntuaciones, lo verdaderamente
relevante es preguntarnos qué decisiones pedagógicas y organizativas podemos
tomar para afrontar esos desafíos más allá de las cifras concretas.
Os propongo seis desafíos a la luz del informe de PISA:
1. Recuperar el placer de leer para recuperar la capacidad de comprender
La lectura es mucho más que una competencia lingüística. Es
una herramienta para aprender, comprender el mundo, desarrollar el pensamiento
crítico y construir conocimiento. Si
existe una competencia que actúa como puerta de entrada al resto de
aprendizajes, esa es la comprensión lectora. Un alumno que comprende bien lo
que lee tiene más posibilidades de éxito en Matemáticas, Ciencias o cualquier
otra materia.
Sin embargo, estamos asistiendo a una transformación radical
de los hábitos lectores. Muchos estudiantes consumen diariamente enormes
cantidades de información, pero lo hacen mediante textos breves, vídeos cortos,
mensajes fragmentados y contenidos diseñados para captar la atención durante
pocos segundos.
La escuela se enfrenta así a una paradoja. Nuestros alumnos
leen más que nunca en términos cuantitativos, pero probablemente practican
menos la lectura profunda y sostenida.
Necesitamos volver a dar a la lectura un lugar
protagonista en nuestros centros educativos. Y esto no significa únicamente
aumentar las actividades de animación lectora o dedicar unos minutos a leer en
determinadas asignaturas. Significa construir una verdadera cultura lectora:
tener oportunidades reales para enfrentarse a textos complejos, interpretar
diferentes niveles de significado, debatir sobre lo leído y construir
pensamiento a partir de la lectura.
Fomentar la lectura hoy no consiste únicamente en abrir un
libro. Significa recuperar espacios para la comprensión, la reflexión y el
pensamiento pausado en una sociedad que premia la inmediatez.
Para conseguirlo, deberíamos trabajar en varias direcciones:
·
Leer
todos los días. La lectura necesita continuidad. No puede depender
exclusivamente de la asignatura de Lengua ni quedar relegada a actividades
puntuales. Todas las áreas tienen textos que comprender, interpretar y
analizar.
·
Leer
textos completos y variados. Debemos ofrecer novelas, relatos, artículos
científicos, ensayos, noticias, biografías y textos divulgativos. Los alumnos
necesitan enfrentarse a diferentes estructuras, vocabularios y formas de
expresión.
2.
Entrenar la atención prolongada: aprender a permanecer, escuchar y profundizar
Otro de los grandes desafíos educativos es la atención. No
podemos pedir a nuestros alumnos que comprendan textos complejos, resuelvan
problemas o desarrollen investigaciones si no somos capaces de ayudarles a
mantener la concentración durante un tiempo suficiente.
Numerosos docentes percibimos que muchos estudiantes
encuentran dificultades para sostener el esfuerzo cognitivo cuando una tarea
exige concentración, revisión de errores o perseverancia.
La
atención no es únicamente una capacidad innata. También puede entrenarse.
Quizá en los
colegios debemos plantearnos con más frecuencia actividades que requieran:
- Leer textos extensos.
- Resolver problemas complejos sin
respuesta inmediata.
- Escuchar explicaciones durante
periodos crecientes de tiempo.
- Realizar proyectos que necesiten
varios días o semanas de trabajo.
- Revisar y mejorar producciones
antes de considerarlas terminadas.
- Esto
implica introducir progresivamente momentos de trabajo sostenido, lectura
silenciosa, resolución individual de tareas, escritura reflexiva,
experimentación y análisis. Actividades que exijan permanecer, probar,
equivocarse, revisar y llegar a una conclusión.
- También
debemos enseñar a gestionar las distracciones. Explicar a los alumnos por
qué necesitan concentrarse, ayudarles a reconocer cuándo pierden la
atención y proporcionarles estrategias para recuperarla forma parte de
nuestra responsabilidad educativa.
En ocasiones, hemos confundido motivación con
entretenimiento. Aprender puede y debe resultar interesante, pero no siempre
será divertido. Existen aprendizajes valiosos que requieren esfuerzo, paciencia
y disciplina.
Preparar a los alumnos para gestionar esa incomodidad también
forma parte de nuestra responsabilidad educativa.
3. La curiosidad científica: que las ciencias vuelvan a
comenzar con una pregunta
Uno de los mensajes más esperanzadores que suelen aparecer en
las evaluaciones internacionales es que muchos estudiantes muestran interés por
comprender el mundo que les rodea. La curiosidad constituye el auténtico motor
de la ciencia. Sin ella resulta difícil formular preguntas, generar hipótesis o
buscar explicaciones.
La ciencia nace de la curiosidad. Antes de una respuesta hay
una pregunta; antes de una teoría, una observación; antes de un descubrimiento,
alguien que se atreve a cuestionar lo que aparentemente conoce.
Sin embargo, con frecuencia la enseñanza de las ciencias
sigue centrada en la transmisión de respuestas antes que en la formulación de
preguntas.
Quizá debamos dedicar más tiempo a:
- Observar
fenómenos de su entorno.
·
Diseñar
pequeñas investigaciones: plantear hipótesis, experimentar, contrastar
resultados y aceptar que una explicación puede necesitar ser revisada.
- Debatir
evidencias.
- Cometer
errores y analizar por qué ocurren.
- Relacionar
los contenidos científicos con la vida cotidiana.
Los alumnos son curiosos por naturaleza. El reto consiste en evitar que esa
curiosidad desaparezca a medida que avanzan por el sistema educativo. Un aula
en la que se hacen preguntas es un aula intelectualmente viva. Un alumno que
aprende a cuestionar, buscar evidencias y contrastar explicaciones está desarrollando
competencias que van mucho más allá de la asignatura de Ciencias.
4. Las
matemáticas deben girar alrededor de los problemas y su resolución
Quizá uno de los cambios más importantes que necesitamos
impulsar en la enseñanza de las matemáticas sea recuperar su sentido práctico e
intelectual: las matemáticas sirven para comprender situaciones, interpretar la
realidad, establecer relaciones y resolver problemas.
Durante demasiado tiempo, en determinados contextos, hemos
identificado aprender matemáticas con memorizar fórmulas, dominar algoritmos y
resolver ejercicios de aplicación directa. Todo ello tiene su importancia. Los
procedimientos, el cálculo y el conocimiento de conceptos básicos son
imprescindibles. Pero no son suficientes.
Por ello, uno de los grandes desafíos actuales pasa por
situar la resolución de problemas en el centro del aprendizaje matemático.
Esto supone plantear situaciones que obliguen a interpretar información,
identificar qué se pregunta, seleccionar los datos relevantes, decidir qué
estrategia utilizar, realizar los cálculos necesarios y comprobar si la
solución tiene sentido.
Esto
implica:
- Trabajar problemas reales y
contextualizados.
- Favorecer diferentes estrategias
de resolución.
- Explicar el razonamiento
seguido.
- Argumentar el proceso para
llegar a las diferentes soluciones.
- Aprender tanto de los aciertos
como de los errores.
Y, sobre todo, debemos ayudarles a perder el miedo a
enfrentarse a problemas que no saben resolver inmediatamente. La resolución de
problemas requiere tiempo, perseverancia y tolerancia a la incertidumbre.
Justamente por eso es tan educativa.
En demasiadas ocasiones los alumnos buscan la respuesta antes
de comprender el problema. Debemos ayudarles a desarrollar hábitos de
pensamiento matemático que prioricen la comprensión, el análisis y la
estrategia.
Las matemáticas no son una colección de algoritmos. Son una
forma de pensar.
5. Recuperar
la cultura del esfuerzo: aprender también significa perseverar
Hay una idea que conviene reivindicar los colegios: aprender
no siempre es fácil, ni inmediato, ni agradable en todos sus momentos.
En educación hemos de procurar que los alumnos disfruten
aprendiendo, pero no podemos confundir disfrutar con no encontrar dificultades.
Hay aprendizajes que requieren repetir, practicar, memorizar, revisar y dedicar
muchas horas. Leer un texto complejo, dominar una lengua, comprender una
demostración matemática o redactar un buen trabajo exige esfuerzo.
Necesitamos recuperar una cultura del esfuerzo vinculada a la
superación personal, la constancia, la responsabilidad y la satisfacción de
comprobar que somos capaces de hacer algo que antes nos resultaba difícil.
Para ello, los docentes tenemos que aprender a equilibrar dos
principios que no son contradictorios: acompañar y exigir.
Acompañar significa conocer a cada alumno,
detectar sus dificultades, ofrecer apoyos y proporcionar oportunidades para
mejorar. Exigir significa establecer objetivos ambiciosos y
realistas, transmitir confianza en sus posibilidades y no renunciar al aprendizaje
de calidad.
No podemos rebajar permanentemente los desafíos para evitar
que nuestros alumnos se frustren. Tampoco podemos abandonarles ante
dificultades que no saben gestionar. Tenemos que enseñarles a enfrentarse a
ellas.
Y aquí la evaluación desempeña un papel fundamental.
Necesitamos que sirva para mejorar, que proporcione información útil, que
permita corregir errores y que ayude a los estudiantes a reconocer sus
progresos. La nota final no puede ser la única conversación que mantenemos con
ellos sobre su aprendizaje.
Vivimos en una sociedad acostumbrada a la gratificación
inmediata. Precisamente por eso, la educación tiene la responsabilidad de
enseñar que los objetivos importantes suelen requerir tiempo y dedicación.
No se trata de exigir más tareas, sino de ayudar a construir
hábitos de esfuerzo sostenido.
6. La
inteligencia artificial: una oportunidad para personalizar el aprendizaje sin
renunciar al pensamiento crítico
Pocas
innovaciones han irrumpido con tanta rapidez en la educación como la
inteligencia artificial. En los centros educativos la observamos con
preocupación y con entusiasmo; a partes iguales. Probablemente ambas posturas
contienen parte de razón. La cuestión no es si nuestros alumnos van a
utilizarla, sino si vamos a enseñarles a utilizarla bien.
La IA puede
convertirse en una herramienta extraordinaria para mejorar los procesos de
enseñanza y aprendizaje. Bien empleada,
puede ayudarnos a:
- Personalizar actividades
- Preparar materiales adaptados a
diferentes niveles y ritmos de aprendizaje.
- Generar explicaciones
alternativas.
- Proporcionar retroalimentación
inmediata.
- Liberar tiempo docente para
tareas de mayor valor pedagógico.
Pero debemos mantener una idea muy clara: la IA puede
ayudarnos a enseñar y aprender, pero no puede sustituir la responsabilidad de
enseñar ni el esfuerzo intelectual de aprender.
Por eso, necesitamos educar también en el uso crítico y ético
de estas herramientas. Nuestros alumnos deben aprender a formular buenas
preguntas, contrastar las respuestas, comprobar las fuentes, identificar
errores, reconocer sesgos, proteger sus datos personales y distinguir entre una
información plausible y una información verdadera.
Una
mirada hacia el futuro
Quizá la principal enseñanza que podemos extraer de PISA, es preguntarnos
si estamos desarrollando las competencias que necesitarán nuestros alumnos para
desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y cambiante.
Lectura profunda. Atención sostenida. Curiosidad científica.
Razonamiento matemático. Cultura del esfuerzo. Uso crítico de la inteligencia
artificial. Estos son algunos de los desafíos que aparecen detrás de cualquier
evaluación educativa y que trascienden las cifras concretas del informe.
Los docentes y equipos directivos no tenemos el poder de
transformar por completo las condiciones sociales, económicas o culturales que
influyen en el aprendizaje. Pero sí tenemos una enorme capacidad para generar
cambios dentro de nuestras aulas y centros.
Tal vez esa sea la reflexión más valiosa que nos deja PISA:
no preguntarnos únicamente qué resultados obtenemos, sino qué ciudadanos
estamos ayudando a construir.
Porque, al final, educar no consiste en mejorar una posición
en un ranking. Consiste en preparar a nuestros alumnos para comprender el
mundo, participar en él y contribuir a hacerlo mejor. No necesitamos
alumnos que hagan más cosas, sino alumnos que aprendan a hacer mejor las cosas
importantes.
Carlos
Pellitero Montes
Jefe de
estudios CODEMA Gijón
Área
Pedagógica del Equipo de Titularidad de Colegios Claretianos de Santiago


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