“CURSITOS A MÍ”
Soy claretiano
desde niño. No, no vivo en una comunidad ni celebro misa los domingos. En
mi ciudad ser claretiano es algo más. Uno pasea por la calle y en la algarabía
de un grupo de niños puede escuchar esa expresión de “somos claretianos”. El
sentido de pertenencia que genera este colegio en la ciudad trasciende más allá
de los muros en los que se imparten sus clases. Mi padre estudió allí y tiempo
después también lo hicimos mi hermana y yo, al igual que la mujer que comparte
mis días y mis noches y muchos de mis grandes amigos. Cuando aún no teníamos
hijos y fantaseábamos con un futuro que veíamos lejano, teníamos la certeza
absoluta de que nuestras niñas estudiarían allí.
Fue
precisamente volviendo de la “meva segona terra” (que comparto con nuestro
querido fundador) y cuando saqué a mi directora de su farragosa labor de julio
para tomar el aire, cuando entre conversaciones que poco tenían que ver con el
trabajo, me espetó: “este año te toca el curso sí o sí”. Yo bajaba a Segovia a
recoger a mi niña mayor a la vuelta de su campamento colegial, este año en un
extraño Ourense y no el Piedralaves de toda la vida; y, en mi visita relámpago
a la que tira del barco en el que todos vamos, lo que menos me esperaba era
llevarme este regalo de dos semanas fuera de casa en un CURSO DE IDENTIDAD. No lo voy a negar, ella, que nos mira a
todos con unos ojos especiales, debe de haber visto cosas en mí que yo no
percibo ni de lejos. Y no puedo mentir, seguro que vio en los míos en ese
momento que no me hacía ni pizca de gracia. ¿Cursitos a mí? Yo, que ya lo he
vivido todo; que fui alumno del colegio
desde preescolar; que soy hijo de exalumno y nieto de otro; profesor del cole
desde las 25 primaveras; padre de alumnas; que he vivido campamentos en
Vinuesa, Benicasim y Benasque y he hecho de monitor en otros tantos. En fin…
Sin darle
mayor importancia, recogí a mi pequeña niña grande y retomamos las merecidas
vacaciones con la esperanza de que ese verano de un lustro de duración (como
nos recuerdan el resto de los mortales que se ven en la obligación de decirnos
desde el día uno lo largas que son nuestras inmerecidas vacaciones), pusiera
tierra de por medio y la frágil memoria de mi querida directora no recordara
nada a la vuelta de las mismas.
Ni que decir
tiene que la vuelta con mi peque grande fue un disfrute y que, en las dos horas
y media de AVE, me contó lo bien que lo había pasado, cómo la habían cuidado
los monitores del campamento, las oraciones de la mañana y un sinfín de
peripecias que, por respeto a su intimidad, no puedo desvelar aquí. Nuestro
verano siguió sin novedad y con el disfrute de gente y vida que solemos tener
en nuestro pequeño paraíso catalán. Pero la vuelta, por si el mero hecho de
volver no fuera tristeza suficiente, tiraría por tierra mis esperanzas de que
el querido alemán hubiera hecho mella en la memoria de mi directora.
Comenzamos el
curso con ese septiembre que me encanta, no siempre ha sido así (las nuevas
generaciones crecerán sin saber el temor con el que se afrontaba el cierre
veraniego y las complicadas recuperaciones; y eso si las nuevas reformas
educativas no los pasan directamente de curso solo con el simple paso del
tiempo como criterio de adquisición de las consabidas competencias;
competencias basadas en unos criterios de evaluación que evaluaremos mediante
esos indicadores de logro. Perdón, que me pierdo). Y como el tiempo pasa
volando, llegó noviembre con su maravilloso “CURSO DE IDENTIDAD, CARISMA Y
ESPIRITUALIDAD CLARETIANA”. No es que tenga yo problema para relacionarme;
pero, me alegré al saber que no viajaba solo. Así, acompañado por mi
descubrimiento de Infantil (trabajamos en un colegio tan grande que muchas
veces nos perdemos demasiadas personas interesantes por el camino) y dejando
conciliada como pude una semana de suplencias, exámenes a la vista, y una
maravillosa mujer que no me iba a reprochar a la vuelta el abandono con las dos
caníbales que criamos, me embarque en esa semana de jornada intensas,
reflexión, formación, información y mil cosas más.

A la vuelta,
mi directora (mi esperanza de ver mermada su memoria no se cumple ni con rezos)
me esperaba con la típica pregunta del César que te lanza a los leones para
después felicitarte por haber sobrevivido: - “¿Qué?, me soltó con una media
sonrisa expectante. - Hombre, después de cinco días intensos, esperaba una
pregunta más profunda. – Bueno. ¿Qué te llevas?”. Así que, como sé que ella
sabe escuchar muy bien, le lancé mi retahíla de gladiador victorioso, no muy
diferente a su pregunta de César de turno, César con una memoria de hierro a
prueba de confabulaciones de senado romano.
Los días han
pasado y el poso de esa semana me ha hecho darme cuenta de que uno siempre se
lleva más de lo que espera. Si tuviera que resumir en una palabra ese “¿Qué me
llevo?”, sería COMUNIDAD. Sí, COMUNIDAD. Creo que eso era lo que
pretendía ese pequeño hombrecillo para difundir la palabra, que lo hiciéramos
en comunidad. Y si me fijo, es eso lo que me ha empapado todos estos años de mi
vida, y ya empiezan a ser muchos con el aliento de esta comunidad detrás. Es el
hermano Ángel Colado que hablaba con mi abuelo; el padre Melchor que dio clase
a mi padre y después a mí y al que visitamos en Colmenar; son los monitores de
las anécdotas de mi hija en la vuelta en AVE (algunos exalumnos míos); es mi
directora que, aunque tiene la mala suerte de ser de Valladolid y no haya
estudiado en uno de nuestros colegios, encarna su espíritu a la perfección; es
el que me pide que escriba algo, sabe que soy muy claretiano, aunque no sea lo
que todo el mundo entiende como tal; es mi compañera de viaje de E.I. que venía
de batallas muy nobles en otros centros y otras ciudades; lo son los guerreros
docentes que han compartido esos días conmigo (mi compi de Aranda, que vino
sola y se va acompañada; mis catalanes de corazón, que tendrán que ejercer de
anfitriones en la segunda parte; las dos zamoranas de raza, que pelean contra
las adversidades; esa gente del norte y sus momentos; mi querido intercambio de
Las Palmas; y otros muchos más). Es la COMUNIDAD, es la gente y creo que es por
eso por lo que ellos son LO QUE ME LLEVO.
Creo que
“COMUNIDAD” debería ser el título de alguna de las charlas que hagan los de la
siguiente promoción de este CURSO DE IDENTIDAD CLARETIANA. Pero no lo digas muy
alto. Esto te lo cuento a ti, además lo hago en secreto, no sea que se enteren
de lo que pienso. Aún me queda otra semanita en Barcelona para completarlo del
todo. ¡Cursitos a mí!
Fran Manso
Profesor del colegio Claret de Segovia, coordinador segundo ciclo de la ESO