GESTIONANDO EMOCIONES EN TIEMPOS DE
PANDEMIA
Tradicionalmente la escuela se ha
encargado de proporcionar al alumnado un kit académico de supervivencia, pero
la mayoría de las veces venía escaso de las herramientas emocionales que como
personas necesitamos. El ser humano presenta un componente emocional que es de vital importancia tener en cuenta en
el proceso de enseñanza – aprendizaje y en la preparación de los niños y niñas
para desenvolverse en un entorno social, tanto dentro, como fuera del centro
escolar.
Gracias a los avances en
diferentes campos, la educación
emocional ha ido adquiriendo cada vez más importancia en los centros
educativos y se va entendiendo como un elemento imprescindible para la formación integral de los niños y las
niñas. Se trata del eje vertebrador de los cuatro pilares de la educación que
sostiene Jacques Delors: aprender a conocer, a hacer, a
ser y a vivir con los demás. Sin una buena gestión emocional, es bastante complicado
que nuestros alumnos y alumnas puedan adquirir no solo las destrezas y los
conocimientos académicos, sino lo que es más importante: unas bases sólidas que les ayuden a
gestionar emocionalmente su vida con éxito.

Si, como centros educativos, queremos proporcionar
herramientas a nuestro alumnado para afrontar un entorno VUCA al alumnado, es necesario que tanto los educadores
como el alumnado llevemos en nuestra riñonera “kit covid” los componentes
necesarios para vivir en un mundo en constante
cambio. La vida nos ha demostrado, sobre todo en el último año, que ella lleva su propio curso.
Podemos maldecirla o ver lo acontecido como una oportunidad para cambiar
aquellas cosas que no funcionan en el aula con los chicos y chicas y tomar
conciencia de los cambios que nos ofrece la vida.
Y entonces, ¿ahora qué? Bajo mi punto de vista, sería interesante
replantearnos qué profesores y maestros queremos ser
para acompañar mejor a nuestro alumnado y prepararlo para que pueda caminar
de manera autónoma con un buen equipamiento para la vida. ¿Qué necesitaríamos
para ello? ¿Por dónde empezamos?
Hasta el último siglo, se
entendía por “inteligencia” lo
referente a las funciones cognitivas tales como memoria, aprendizaje y
resolución de problemas, pero ¿con
esto bastaría? Pues para H.Gadner
no. Este concepto le parecía insuficiente, así que amplió el término
introduciendo otras inteligencias múltiples. Al tiempo, otros autores como
P.Salovey, D.Mayer y finalmente Daniel Goleman acuñaron el término “Inteligencia emocional” para referirse
a la capacidad de percibir, expresar, comprender y gestionar nuestras emociones
y los estados emocionales de los demás.
Las dimensiones de la Inteligencia Emocional son fundamentalmente las
siguientes:
·
Relativas a la inteligencia intrapersonal
(capacidad de comprenderse uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y
motivaciones propias):
Ø Consciencia
de uno mismo
Ø Autorregulación
Ø Autoestima
Ø
Motivación
·
Relativas a la inteligencia interpersonal
(capacidad de comprender las intenciones, deseos y motivaciones de otras
personas):
Ø
Empatía
Ø
Habilidades sociales
Si, como personas que acompañamos a nuestros
estudiantes abriéndoles a su paso
nuevos horizontes, queremos que vivan la vida de la mejor manera posible
y que puedan integrarse en el mundo laboral disfrutando de ello; es necesario que
como maestros y maestras nos revisemos y sigamos aprendiendo del mismo modo que
lo hacemos en otros cursos de formación. Al fin y al cabo, todos hemos pasado
por el camino que transitan nuestros chicos y chicas y podemos acordarnos de
cómo nos sentíamos en esos
momentos. Este trabajo personal no solo nos ayudará en nuestra labor
docente, sino que creo firmemente que también lo hará en nuestra vida y con
aquellos que nos rodean.
Como cualquier destreza, el entrenamiento de la inteligencia emocional
es un proceso que necesita ser trabajado de manera regular y no como acciones
puntuales en días señalados. Si buscamos llevar a cabo un trabajo emocional con
el alumnado de manera integral y que sea perdurable en el tiempo, es importante
que tengamos en cuenta que debe estar presente en el día a día, de este modo
los resultados se multiplicarán de manera exponencial.
¿Y de qué manera podemos
trabajar las emociones en el aula?
La Inteligencia emocional consta de tres procesos
básicos que la engloban.
1.
Percibir: reconocer de manera consciente nuestras emociones
e identificar los sentimientos para ser capaces de nombrarlos.
2.
Comprender: integrar lo que sentimos dentro de nuestro
pensamiento y saber considerar la complejidad de los cambios emocionales.
3.
Regular: dirigir, manejar y validar las emociones positivas
y negativas de forma eficaz.
Para ello, necesitamos
proporcionar espacios para la comunicación que permitan a los chicos y chicas
sentir, expresar sus emociones y sentimientos y compartirlos con los demás si
así lo desean. Es importante explicarles cuáles son las emociones básicas
(sorpresa, asco, tristeza, ira, miedo y alegría), diferenciándolas de los
sentimientos, enseñar cómo identificarlas y qué hacer cuando las identifican.
En nuestros coles, tenemos la oración de la mañana que nos permite
conectar con nosotros mismos y dedicar unos minutos de reflexión al comienzo de
la jornada, acercándonos a otras realidades socio – emocionales.
También podemos llevar a cabo
dinámicas de relajación, yoga y
mindfulness que contribuyen a que tanto el profesorado como el alumnado
rebajemos los niveles de estrés, mejorando la atención, la concentración y el
bienestar. Cuando se incorporan en el día a día de manera sistematizada, los
beneficios son sumamente positivos. Os dejo una batería de
actividades que realicé para mi grupo – clase y que tanto
les gusta practicar.
En nuestra hora de tutoría semanal también podemos generar debates, jugar a
juegos cooperativos, proporcionar momentos de reflexión con materiales como
cuentos, vídeos, películas, canciones, o con cualquier otro soporte lúdico que
anime a los chicos y chicas a trabajar las dimensiones de la inteligencia
emocional.
Sabemos que los alumnos que
presentan una buena gestión emocional poseen confianza en sus capacidades, algo
que influye de forma positiva en todas las facetas de su vida. La escuela es un escenario idóneo para
desarrollar estas habilidades emocionales, puesto que es un lugar que
acompaña a lo largo de distintas etapas evolutivas, en un sinfín de situaciones
y con una gran variedad de personas.
Como maestros y maestras en estos tiempos complicados, en los que
tenemos poco tiempo, mucho contenido que enseñar, gel hidroalcohólico que
aplicar y circunstancias muy cambiantes, no deberíamos olvidar aquellas sabias
palabras de Aristóteles: educar
la mente sin educar al corazón, no es educar en absoluto.
Rocío Velázquez – Gaztelu Castellanos
Profesora del Colegio Corazón de María de Gijón
Integrante del Equipo de Inteligencia Emocional del Centro